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József Attila: Duele mucho

domingo, 4 de diciembre de 2011

De la muerte,
que te acecha por dentro y por fuera
(asustado ratón, corre a tu agujero),

huyes apasionado
hacia aquella que amas
para que te proteja con brazos, rodillas, y senos.

No sólo sus senos te atraen,
cálidos y blandos; no sólo
la pasión: la necesidad también.

Por eso besan
con la sangre ardiendo en sus venas
todos aquellos que encuentran mujer.

Es una doble carga
y un doble tesoro para el hombre.
Quien ama y no logra hacerse amar,

es tan desamparado
como una fiera herida
sin asilo ni refugio.

Ya no tienes otra salida
aunque bien hubieras podido
matar a tu madre antes del parto.

Pero mira: hubo una mujer
que comprendía estas palabras,
y, no obstante, me echó de su lado.

Así pues, no tengo lugar
entre los vivos. La cabeza me zumba;
mi dolor y ansiedad, son un enredo.

Soy como el niño que,
dejado solo por sus padres,
agita un sonajero entre sus dedos.

¿Qué podría hacer yo
por ella y contra ella?
No me avergüenza imaginarlo

pues el mundo rechaza
a los que el sueño atemoriza
y son cegados por el día claro.

De mí se despoja
la cultura, como de sus ropas
aquel que en amor es dichoso.

¿Pero dónde está escrito
que tenga que sufrir solo
mientras ella me contempla estremecido por la muerte?

Sufre el recién nacido
con su madre en el parto:
el dolor se disminuye al compartirlo.

En cuanto a mí,
el canto doloroso solo me traerá dinero
acompañado por vergüenza y agonía.

¡Socorredme chiquillos!,
que cuando ella pase
revienten vuestros ojos puros.

¡Inocentes niños!,
chillad como si os pisoteasen, por favor,
y decidle: ¡Duele mucho!

¡Perros fieles!,
caed bajo las ruedas
y ladradle: ¡Duele mucho!

¡Mujeres embarazadas!,
abortad vuestra carga,
y lloradle: ¡Duele mucho!

¡Hombres íntegros!
cambiad golpes brutales
y gemidle: ¡Duele mucho!

¡Y vosotros, muchachos!
que os destrozáis por mujeres,
no lo calléis: ¡Duele mucho!

Toros, caballos,
que para uncir al yugo castran,
bramadle: ¡Duele mucho!

Peces mudos, morded
el anzuelo bajo el agua helada
y boqueadle: ¡Duele mucho!

Y vosotros, vivientes,
conmovidos por el dolor,
que ardan vuestros techos y surcos,

y, en torno de su lecho,
calcinados, mascullad conmigo
mientras ella duerme: ¡Duele mucho!

Que mientras viva lo escuche.
Ha rechazado lo mejor de sí misma.
Por su comodidad despojó en este mundo


al hombre que trata de esconderse
por dentro y por fuera
del último refugio.







"Pero mira: hubo una mujer - que comprendía estas palabras, - y, no obstante, me echó de su lado. "




Esa mujer es  Gyömőri  Edit,  una psicóloga que atendía al poeta. Ese poema esta escrita a ella, un verso lleno de dolor y ganas de venganza por ser entendido y no aceptado sino  más bien rechazado.






Desde 1931 József Attila atendía a la psicoanálisis. A su enfermedad influyeron varios sucesos como por ejemplo su situación  en el partido comunista. Sus camaradas con hostilidad observaban sus ideas de firmar un acuerdo con los socialdemócratas, y en 1933 los partidarios de Stalin le expulsaron del partido bajo el sospecho de propagar el fascismo, otro  momento amargo, por ejemplo el Congreso de Escritores Comunistas celebrado en la capital rusa, a que Attila no fue invitado, sino Illyés Gyula, otro poeta que era un rival para él en muchos aspectos de la vida. Por sus fuertes depresiones, y el pavor a la locura en 1935 fue  hospitalizado. Se siente  acorralado por la pobreza, la soledad y la locura, busca desesperadamente una razón para mantenerse  lucido, aferrarse a la cordura. Quizás esto explique por qué durante sus últimos años se enamoraba tan rápidamente de las mujeres que conocía. Parece lógico e inevitable que durante su tratamiento con la doctora  Gyömőri  Edit, se enamora de ella. Pero la doctora no corresponde a ese amor y tras rechazarlo, interrumpirá las sesiones psicológicas a fines de 1936.
Y la venganza:  "Que mientras viva lo escuche"  -  Duele mucho

Petőfi Sándor: Tiembla el arbusto…

lunes, 14 de noviembre de 2011

Tiembla el arbusto, porque
Se posa la avecilla;
Si a mi recuerdo llegas,
¡Ah!, tiembla el alma mía.
A mi recuerdo llegas,
Chiquilla, como el ave,
Y eres de este gran mundo
El más grueso diamante.

Henchido va el Danubio,
Sus márgenes rebasa;
Tampoco hay en mi pecho
Lugar para mis ansias.
¿Me quieres, mi rosal?
Es tanto lo que te amo
Que ni tu padre y madre
Pueden quererte tanto.

                                                                                    Cuando nos vimos juntos,
                                                                                   ¡Qué grande era tu afecto
                                                                                   En el ardiente estío…;
                                                                                   Mas hoy es frío invierno!
                                                                                   Si es que ya no me quieres,
                                                                                   El Señor te bendiga;
                                                                                   Mas si aún amor me guardas,
                                                                                   Mil veces más bendita. 


Ese poema fue escrita para Júlia Szendrey, quien  después se convertió a su esposa. 

La respuesta de Júlia al ver ese verso era simple: "mil veces" 
 A buen entendedor pocas palabras ...  :)


 Traducido por Juan Luis Estelrich (Artà, Mallorca, 1856 - Palma de Mallorca, 1923) a partir de unas versiones literales del hispanófilo y catalanófilo húngaro Albin Kőrösi (1860-1936), y publicados en la Revista Contemporánea de Madrid.

József Attila: Oda

jueves, 10 de noviembre de 2011


                         1 
En la luminosa roca estoy sentado.
       Vuela la suave brisa
         del joven verano
igual que la tibieza de una dulce cena.
      Al silencio acostumbro
mi corazón (no es tan difícil).
        Todas las cosas desaparecidas en torno mío se reúnen
mi cabeza se inclina, y cuelga
mi mano.

Contemplo la crin de las montañas.
Brilla en todas las hojas
la llama de tu frente.
En el camino, nadie, nadie.
Miro cómo tu falda
ondea al viento.
Bajo los frágiles follajes
tiemblan fugaces tus cabellos,
vibran tus blandos senos un instante
y, mientras el arroyuelo Szinva corre,
miro surgir una vez más
en los guijarros redondos y blancos
de tus dientes, la sonrisa de un bada.


2
¡Oh cuanto te amo,
a ti que has logrado hacer hablar a la vez
a la intrigante soledad
que está tejiendo su trama
en los resquicios más profundos del corazón,
y a todo el Universo!

Tú, como una cascada huye de su ruido,
me abandonas y corres silenciosamente,
mientras yo, entre las cumbres de mi vida,
próximo a la lejanía,
retumbo, chocando en la tierra y en el cielo,
y grito que te amo,
¡mi dulce madrastra!


3
Te amo como el niño ama a su madre,
como las mudas fosas a sus profundidades.
Te amo como las salas a la luz,
como el espíritu al fuego y el cuerpo al descanso.
Te amo como los mortales aman la vida,
hasta que mueren.

Tus movimientos, tus palabras, todas tus sonrisas,
acojo como la tierra los objetos que caen.
En mi imaginación mis instintos te penetran
como al metal los ácidos.
En mi mente tu imagen hermosa y amada, tu ser,
colma todas las cosas esenciales.

Los instantes pasan, ruidosos,
y en mis oídos tú estás muda.
Las estrellas descienden y caen,
pero tú te detuviste en mis ojos.
Tu sabor, como el silencio en una gruta,
flota enfriándose en mi boca.
Y sobre el vaso de agua tu mano
con sus venas tan finas
que apenas se vislumbran.


4
¡Oh!, ¿qué materia soy yo
que tu mirada me corta y me transforma?
¿Qué alma y qué luz
y qué fenómeno de asombros,
que pudo recorrer en la niebla de la nada
los paisajes sinuosos de tu fértil cuerpo?

Y como el verbo en una mente abierta,
yo puedo descender a sus misterios.
Tu red sanguínea, como los rosales,
tiembla sin cesar.
Ella conduce la corriente eterna
para que surja el amor en tu rostro,
para que tu matriz tenga un fruto bendito.
El suelo sensible de tu vientre
está bordando de raíces pequeñitas, hilos finísimos,
que se anudan y desanudan
para que las células que tus humores recojan sus
enjambres,
para que los bellos arbustos de tus frondosos pulmones
canten sus propias glorias.

La eterna materia pasa felizmente
a través de tu cuerpo, por los túneles de tus intestinos,
y la escoria recibe una vida plena
en los pozos ardientes de tus férvidos riñones.
Colinas onduladas se levantan,
constelaciones se estremecen en ti.
Lagos se mueven, fábricas trabajan,
hormiguean un millón de animales vivientes,
el insecto
y el alga,
la bondad y la crueldad;
un sol brilla, se nubla una aurora boreal.
En tu sustancia se desplaza, errante,
la inconsciente eternidad.


5
Como coágulos de sangre
caen hacia ti
estas palabras.
Tartamudea la existencia.
Sólo la ley es un claro discurso.
Mis órganos laboriosos, que día tras día
me dan vida, ya se preparan
a callar para siempre.
Pero todos clamarán hasta entonces.
¡Oh, tú, escogida entre la multitud
de dos mil millones de seres humanos;
oh, tú, la única,
suave cuna, recia tumba, lecho vivo,
acógeme en ti!

(¡Qué alto está el cielo del amanecer!
En sus minerales relucen ejércitos.
El gran resplandor deslumbra mis ojos.
Sé bien que estoy perdido.
Escucho cómo chirría y palpita sobre mí
mi corazón.)


6
Canción añadida

Me lleva el tren y yo sigo tus pasos
Tal vez hoy mismo estés entre mis brazos
y tal vez se enfriará mi rostro ardiente
o tal vez tú me digas suavemente:

“Te espera el agua tibia, ve a bañarte.
Toma la toalla, puedes ya secarte.
La carne se está friendo, te hartará.
            Donde mi lecho está, tu cuerpo está."

Para mi es uno de los versos más bellos de amor nunca escritos. Al leerlo uno piensa que seguramente el poeta le escribió para su  gran amor, un amor qu dura para toda la vida o algo por el estilo, pero en la realidad, la historia que esta detrás del poema es un simple ligue de una noche. O ni eso, un flechazo por parte del poeta.
El poeta estuvo en un Congreso de Escritores en Lillafüred (un sitio muy bonito con lago y cascadas entre las montañas-algo no muy frecuente en Hungría- :)) donde conoció a Dr. Szöllős Henrikné Márton Márta, a una mujer casada y...
Pues nació la Oda.